Mostrando entradas con la etiqueta Microrrelato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Microrrelato. Mostrar todas las entradas

El gran Salto

Era la hoja marcada en el cuaderno de un tiempo errante, perdonando esa fábrica de pequeñas muertes de ideas inconclusas, que hoy, haciendo letras atraviesan este cuerpo lleno de enjambres y nudos todavía pendientes de desatar, aún húmedos por las penas que realizan un gran estruendo de aplausos, cuando creo o finjo no escucharlas, ellas, insistentemente apabullan mis oídos.
Así y todo las dejo, todavía puedo desmoronar paredes y quedarme donde escuadrones de ilusiones me llevan hacia latitudes necesarias.
Por eso, mi yo, roto entre una esquina del ayer y un río presente, abarcador de artificios, valora esa mirada de puente que une ignotas sociedades, buscando el gran salto hacia el mañana.
Siento aún el miedo, la burla y el temor a quedarme dormida solamente sobre eso.
Pero no, porque el gran corazón tiene sus hambres cortitos y llenos de vitalidad, agujereando los recuerdos de ese primer amor lleno de trampas y que fue solamente un recodo mal doblado de ese rato inocente.
Trayendo como flechas directas evocaciones de lo que fue, las imágenes de un banco de la Plaza López, donde los juegos tenían su hábitat y nosotros los chicos del barrio, escapábamos del guardián, mientras decíamos "ojo, rajemos que se viene" y en loca, divertida carrera, nos íbamos a contarle al viento nuestras andanzas de pibes con una historia indivivual, comenzada en aquel momento cuando no nos hacía falta pensar nada.
Todo mi imaginación rayando siempre ese horizonte huidizo de sueños que uno quiere retener a la hora de la tarde, cuando enlaza todavía como nuevos, ideales que desea estrenar desde lejanos días, viéndome transitar una calle Oroño con sus palmeras y ese camino central, donde mis pasos, eran el instrumento, que empezaba a llevarme por un parloteo de glicinas y parras llenas de uvas e higueras asomado sus dulzuras.
Hoy quietitas las horas afinan, con la precisión de prodigioso instrumentista, este rato que anda por el aire, dando vueltas como una calesita y soltando sortijas de este muestrario de nostalgias, aparecido en el humo de una pipa que a veces fumo, en un acto de oculta travesura.

¡Sos Loca!

Era demasiado flaca o tuve esa impresión cuando la vi a través del espejo, no obstante me gustó como protagonista de esta situación.
Afuera un viento desparramaba hojas de otoño.
La ventana abierta de la casa hacía sentir una calamidad de frío invernal.
Ella parecía en una dimensión desconocida, porque mientras veía la película de terror, movía sus dedos nerviosamente.
De vez en cuando su mano izquierda sacudía moscas imaginarias o tal vez quería evitar pensamientos desagradables.
Tuve la impresión de que el film la asustaba.
Dejó la imagen detenida en la pantalla y se levantó.
Ahora me impresionaba como menos delgada, a lo mejor sólo miré su perfil.
Cuando se asomó a la ventana tuvo un escalofrío, apurada trató de cerrarla.
Oyó unos pasos rápidos y una mano no la dejó hacerlo.
-¡Abrí no quiero hacerte daño, abríiiiiiiiiiii!
Le pareció conocida esa voz, pero un temblor le recorrió el cuerpo, hace un rato la película y ahora esto ...
Para su desgracia no pasaba nadie en ese momento, ella sólo observó una camisa a rayas.
Ya casi no respiraba y no podía verle el rostro, la falta de luz de la calle, hacía más dramática la situación y las palabras del intruso se escuchaban como de lejos, o ella no quería escucharlas.
Comenzó a temblar de nuevo, pensó miles de cosas.
El hablaba y hablaba, le exigía que lo dejara entrar, por suerte ella había cerrado todo por precaución, menos esa abertura, porque estuvo distraída.
De pronto, a su cerebro ardiente de maquinaciones, se le ocurrió preguntarse si tendría preservativos en la casa.
Sintió la mano del hombre en el picaporte de la puerta y su nombre pronunciado suavemente.
Tuvo mas miedo, él seguia insistiendo, ella desesperaba por cerrar los malditos postigos.
-¡Por favor, abrí, no seas loca, no te voy a hacer nada!
Afuera la tarde, casi anochecida, hacia el amor con su historia de todos los días.
El intruso se fue mascullando algo.
Lo sintió correr muy rápido.
Por fin pudo cerrar la ventana y alcanzó a oír algunas malas palabras.
Después de un rato corrió al dormitorio, buscó el celular, aterradísima se dio cuenta que lo había olvidado en la oficina, entonces se acordó del teléfono fijo.
Corría el tiempo y el silencio no atenuaba sus miedos, seguía temblando, se cuestionó si el individuo se habia ido o no.
Ahora no sentía absolutamente nada, se había cortado la luz de la casa y presa de su humor comenzó a decir incoherencias.
Yo, me di cuenta que ya no podia razonar, porque empezó a revisar las cerraduras de las puertas, verlas bien cerradas le devolvió un poco su tranquilidad.
Respiró un poco y pensó en llamar a la policía, pero dedujo que no tenía pruebas, quién sabe si le creerían.
Tanteando buscó el inalámbrico en el dormitorio, tampoco funcionaba, lo tiró contra la pared y apeló al fijo que tenía en la cocina y entre penumbras marcó el número de su vecina de al lado.
-Hola, ¡no sabés lo que me pasó!
Entre respiraciones entrecortadas y lágrimas que iban disolviendo el maquillaje de su magro rostro le conto lo ocurrido.
Sintio una carcajada del otro lado del tubo y una voz que decía:
-¡Sos loca!
-¿Como no lo conociste?
-¡Era mi marido que sólo te pedía permiso para ir al baño!

Campanita y Pedro

Campanita y Pedro, tienen grandes sueños sobre sus espaldas, pero a veces le pesan demasiado y tienen miedo porque pueden tener un aterrizaje terrenal.
Conscientes del peligro, mandan la palabra socorro a la tierra y ruegan para que alguien le solucione su problema, con respuestas adultas.
Y se quedan a la espera, cantando con los ojos cerrados.
Luego de muchos, pero muchos minutos, Pedro ve cómo el mensaje se hace cada vez más chiquito en el espacio natural del mundo.
Mientras pasa el tiempo, ven sus sueños en la Biblioteca de Babel y los que aún le quedan en sus galerías infinitas, también sus grandes pesadillas. Pedro le dice a Campanita que no quiere crecer.
Un suspiro los sorprende, desordenados de ideas ven las primeras estrellas. Poco a poco anochece. Él, mira hacia abajo, sigue sosteniendo que no quiere crecer. Campanita sonríe y traviesamente lo toca. Ella, riéndose, le dice que no quiere envejecer. Como pueden pliegan los bostezos de la noche y antes de abrazarse, ven la palabra socorro extraviada en un puntito lejano del espacio. Los dos se duermen.
Después de un rato lago, ya en el comienzo del día, abren los ojos. Todo está igual que el día anterior y la palabra socorro, es sólo una pequeña mancha que todos pisan..
Entonces sienten por centésima vez, sus respiraciones acostumbradas y un reloj de pared que toca campanadas.
Se levantan. Pedro mira a Campanita, le ceba unos mates y dice que entre tantos tropiezos, es mejor no seguir creciendo, y Campanita guiñando un ojo, piensa con las sin cuenta imaginaciones que tendrá a mano para que Pedro crezca de una vez por todas.